Mostrando entradas con la etiqueta Otros autores. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Otros autores. Mostrar todas las entradas

miércoles

Anti-filósofo y anti-dialéctico Emil Cioran


Nadie menos sospechoso que Cioran de reducir el universo «a las articulaciones de la frase», de emancipar la prosa del objeto y del mundo; y sin embargo, nadie más escrupuloso de las palabras, más exquisito del verbo y vinculado al estilo. Asqueado del vocablo y, empero, tan diestro en él como solo lo lograron algunos –pienso en Nietzsche o en Canetti. 
Anti-filósofo y anti-dialéctico, la escritura de Cioran despide, con todo, dialéctica y sollozo compartidamente. Respecto al sollozo, no es preciso extenderse aquí; como escribí ya, Cioran ha tratado todos los temas más apremiantemente filosóficos desde su experiencia de la amargura. Es un exquisito de la desesperación porque no ha sorteado los escollos de la duda ni del paroxismo que calcina la sangre, ni pone emplastos sobre el destino angustiado que sobreviene luego del hartazgo de existir, pues «El mero hecho de ser es tan grave que, comparado con él, Dios es pura bagatela».
Cioran es dialéctico en tanto que reflexivo y polemista. Si de atacar la novela se trata, no es tanto por el anhelo de dirimir el asunto (por el contrario, él mismo asume, luego de sostener el acabamiento de la literatura, su incompetencia para solucionar o concluir la cuestión), sino inducido por la pasión intelectual y viviente con que abordaba todos los temas. Además, la novela aparece, en el texto que discuto («Más allá de la novela», v. bibliografía), vinculada a otros conceptos y nociones recurrentes en la obra de nuestro pensador. Así, por ejemplo, están la apelación a la civilización, a la psicología (y en particular a los «complejos», al «carácter» y al «yo»), a la tragedia, a la historia.
Confesaba Cioran, en El ocaso del pensamiento, que «El papel del pensador es retorcer la vida por todos sus lados, proyectar sus facetas en todos sus matices, volver incesantemente sobre todos sus entresijos, recorrer de arriba abajo sus senderos, mirar una y mil veces el mismo aspecto, descubrir lo nuevo solo en aquello que no haya visto con claridad, pasar los mismos temas por todos los miembros, haciendo que los pensamientos se mezclen con el cuerpo, y así hacer jirones la vida pensando hasta el final. ¿No resulta revelador de lo indefinible de la vida, de sus insuficiencias que solo los añicos de un espejo destrozado puedan darnos su imagen característica?».
No resultará extraño, por tanto, que para él haya «una relación entre el ritmo fisiológico y la manera de escribir de un escritor»; o que, en punto a los complejos, vea en estos una suerte de «esnobismo» que acrecienta nuestro yo, profundiza en presuntas facultades del mismo y «engrandece nuestras naderías». El novelista entrega su vida al público merced a una falta de pudor; se inventa una vida porque en realidad no la tiene, porque en realidad no existe: la paradoja del «civilizado» –siempre según Cioran–consiste en tamizar sus secretos y disfrazarlos de efectos buscados... A través de la novela, engaña al mundo y disimula la inconveniencia de sus profundidades. ¡Qué contraste con el místico! Lo que critica Cioran es que el novelista, al contrario que el místico (y hay que pensar en la importancia capital que para este escritor tuvieron los místicos y el sentido de la religiosidad más radical), escamotea «nuestros auténticos problemas», interponiendo una pantalla «entre nuestras realidades primordiales y nuestras ficciones psicológicas». La paradoja del autor, de todos nosotros, es que somos hijos de la novela («civilización occidental, civilización de la novela», escribe el rumano). Género al cual, puesto que viola toda intimidad, reprocha Cioran el que sea banal: «Páginas y páginas: acumulaciones de naderías», afirma.
La de Cioran con la novela es una relación de amor / odio. Reconoce que los libros más conmovedores y, quizá, los más grandes que ha leído eran novelas (cómo no recordar al Cioran que elogia a Gógol y a Dostoievski, o incluso al Cioran íntimo de Beckett); pero, al mismo tiempo llama a la novela «prostituta de la literatura», oponiendo el héroe trágico al personaje de la novela: en la tragedia, el autor es «instrumento» al servicio de los héroes, «son ellos los que mandan y le intiman a redactar el acta de sus hechos y gestos»; las novelas, sin embargo, no son independientes de la psicología, «siempre pensamos en el novelista», en tanto que el personaje está desprovisto de destino y de «aliento cósmico», de «carácter».
Lo que importuna a Cioran de la psicología es que se convierta en «el único tipo de profundidad del que somos susceptibles». Incapaces metafísicamente, la psicología encubre las variaciones afectivas a que remite nuestra «vida interior», pues al procurar interpretar dicha vida, en realidad desplaza el fondo de nosotros mismos, al menos en el sentido místico al cual remite continuamente este autor. Y, por otro lado, «la novela hubiera sido inconcebible en un período de florecimiento metafísico: es imposible imaginársela prosperando en la Edad Media, ni en Grecia, India o China clásicas». El personaje novelesco no alcanza jamás el absoluto, designio metafísico por antonomasia. Y si los héroes dostoievskianos nos son tan familiares es porque nos intriga su ineptitud para salvarse, su impaciencia por decaer. «Es por su condición de santo fallido por lo que el príncipe epiléptico se sitúa en el centro de una intriga, pues la santidadrealizada es contradictoria con el arte de la novela».
La inteligibilidad está en crisis. Según Cioran, el artista ha devenido esteticista, y, merced a una «exacerbación del intelecto acompañada de una disminución del instinto», cuenta más el comentario que precede o sucede a la obra que la propia obra: «es el individuo quien hace al arte, no ya el arte quien hace al individuo». Aunque Cioran no emplea el término postmodernidad, podemos recurrir a él para referirnos a estas cuestiones. En efecto, sucede que el presente estado del arte es consumadamente ecléctico, y Cioran critica lo que refiere al artista en tanto que «glosador». El artista de hoy recurre a lo oscuro en menoscabo de lo inteligible y del «sentido». En literatura, opina Cioran, el eclecticismo resulta en un saber que no sería sino «universalidad de superficie [...] Quiebra de una época en la que la historia del arte sustituye al arte y la de las religiones a la religión». Por cierto, crítica esta que nos recuerda el reproche que Cioran le hacía a su compatriota Mircea Eliade. 

Milan Kundera, en El arte de la novela, ofrece una visión sugerente en torno a la novela y a la modernidad. Para empezar, sostiene que «la sabiduría de la novela es diferente de la de la filosofía». Según él, la novela no nace del espíritu teórico sino del espíritu del humor... Su definición de novela como «arte inspirado por la risa de Dios» nos infundiría la sospecha de si el eco de Éste se ha transfigurado, puesto que, como reconoce Kundera, «la modernidad se ha vestido con el ropaje del kitsch». ¿Qué hay, entonces, de y en la postmodernidad? ¿Es la llegada de la novela «sin materia»?...

Cioran se refiere al desvanecimiento de la materia de la literatura. Pero para él, dicho desvanecimiento provendría del ocaso del propósito de la literatura: «farsa de nuestras interrogaciones, de nuestros problemas, de nuestras ansiedades». Producto de la necesidad que tiene el civilizado de inventarse una vida. Es más: Cioran opina que el novelista expresa bien «la obsesión moderna por la historia y la psicología».

En el colmo de su reflexión, Cioran esgrime siempre un fino y escéptico humor; por ejemplo, cuando se pregunta: «¿Acaso hay un solo acontecimiento que valga la pena de ser relatado?». Pero ¿cómo no agradecerle al autor de este texto que, como en toda su obra, nos arrastre, mediante la escritura, hacia una aventura más allá de lo libresco? Es el «tono», que él mismo define como «lo que no puede inventarse, aquello con lo que se nace [...] una gracia heredada, el privilegio que tienen algunos de hacer sentir su pulsión orgánica, el tono es más que el talento, en su esencia».

viernes

¿Por qué deberíamos enseñar a pensar?


infusion y procesos de pensamiento


La infusion es el método propuesto por Robert Swartz, del Centro Nacional para la Enseñanza del Pensamiento, para “enseñar a pensar” a los niños y adolescentes. La infusion consiste en integrar los contenidos que se trata de enseñar y aprender con la enseñanza explícita de destrezas de pensamiento.

¿Por qué deberíamos enseñar a pensar?

En todo proceso de pensamiento se dan dos elementos: el pensamiento en sí (laacción de pensar) y lo pensado, el objeto del pensamiento.

Normalmente, centramos nuestra atención en lo pensado, y no reparamos en la acción de pensar. Al pensar, efectuamos muchos procesos:

Procesos

Sin embargo, llevar a cabo estos procesos no es exactamente pensar. Estas son destrezas de pensamiento, pero, ejecutadas mecánica o aisladamente, no suponen verdadero pensamiento. Es necesaria una ejecución consciente de estos procesos para que puedan considerarse pensar. Por ejemplo, la comparación entre dos cosas o hechos puede arrojar un sinnúmero de características comunes, pero hará falta la capacidad de discriminación del estudiante para distinguir cuáles son pertinentes y cuáles no. Con la infusion centramos el foco de nuestra atención en el pensamiento, no en lo pensado, y podemos mejorar la ejecución de estas destrezas.

domingo

CAFÉ PARA TODOS

 A. Pérez-Reverte
Dirán ustedes que lo de hoy es una chorrada, y que vaya tonterías elige el cabrón del Reverte para su artículo. Para llenar la página. Pero no estoy seguro de que la cosa sea intrascendente. Como decía Ovidio, o uno de esos antiguos –lo leí ayer en un Astérix–, una pequeña mordedura de víbora puede liquidar a un toro. Es como cuando, por ejemplo, ves a un fulano por la calle con una gorra de béisbol puesta del revés. Cada uno puede ir como le salga, naturalmente. Para eso hemos muerto un millón de españoles, o más. Luchando por las gorras de béisbol y por las chanclas. Pero esa certeza moral no impide que te preguntes, con íntima curiosidad, por qué el fulano lleva la gorra del revés, con la visera para atrás y la cintita de ajustarla sobre la frente. Todo eso conduce a más preguntas: si viene directamente de quitarse la careta de catcher de los Tomateros de Culiacán, si le da el sol en el cogote o si es un poquito gilipollas. Concediéndole, sin embargo, el beneficio de la duda, de ahí pasas a preguntarte si, en vista de que al pavo le molesta o no le conviene llevar la visera de la gorra hacia delante, por qué usa gorra con visera. Por qué no recurre a un casquete moruno, un fez turco o a una boina con rabito. Luego terminas pensando que es raro que los fabricantes de gorras no hayan pensado en hacer una gorra sin visera, para fulanos como el que acabas de ver; y de eso deduces, malpensado como eres, que la mafia internacional de los fabricantes de gorras de béisbol pone visera a todos los modelos para cobrar más caro y explotar al cliente, y luego lo disimulan regalándole gorras a Leonardo DiCaprio para que se las ponga del revés cuando saca en moto a su novia en el Diez Minutos. Eso te lleva inevitablemente a pensar en la crisis de Occidente y el aborregamiento de las masas, hasta que acabas echando espumarajos por la boca y decides apuntarte en Al Quaida y masacrar infieles, mientras concluyes que el mundo es una mierda pinchada en un palo, que odias a la Humanidad –Monica Bellucci aparte– y que la culpa de todo la tiene el Pesoe.

Llegados a este punto del artículo, ustedes se preguntan qué habrá fumado el Reverte esta mañana; concluyendo que, sea lo que sea, le sientan fatal ciertas mezclas. Pero yerran. Estoy sobrio y con un café; y todo esto, digresión sobre gorras incluida, viene al hilo del asunto: lo de que no hay enemigo pequeño, y que si parva licet componere magna, que dijo otro romano finolis de aquéllos. Pequeños detalles sin importancia aparente pueden llevar a cuestiones de más chicha, y parvos indicios pueden poner de manifiesto realidades más vastas y complejas. Vean si no –a eso iba con lo de las jodías gorras– el anuncio publicitario que hace unos días escuché en la radio. Un anuncio de esos que definen no sólo al fabricante, sino al consumidor. Y sobre todo, el país donde vive el consumidor. Usted mismo, o sea. Yo.

Buenos días, don Nicolás –cito de memoria, claro–, dice la secretaria a su jefe. ¿Le apetece un cortadito? Claro que sí, responde el mentado. Es usted muy amable, Mari Pili. Ahora mismo se lo preparo, dice ella, pizpireta y dispuesta. Pero ojo, la previene el jefe. Recuerde que yo el café lo tomo siempre de la marca Cofiflux Barriguitas. Por supuesto, don Nicolás, responde la secre. Conozco sus dificultades para ir al baño, como las conoce toda la empresa. Ahora yo también bebo el café de esa marca, igual que lo hacen ya todos mis compañeros. Tomamos Cofiflux Barriguitas, y nos va de maravilla. Etcétera.

Juro por Hazañas Bélicas que el anuncio es real. Quien escuche la radio, lo conocerá como yo. Lo estremecedor del asunto es la naturalidad con que se plantea la situación; el argumento de normalidad a la hora de controlar si el jefe va apretado o flojo de esfínter. Interpretarlo como nota de humor publicitario deliberado –lo que tampoco es evidente– no cambia las cosas. Con humor o en serio, el compadreo intestinal es de pésimo gusto. Delata, una vez más, las maneras bajunas de una España tan chabacana y directa como nuestra vida misma –«Yo es que soy muy espontáneo y directo», te dicen algunos capullos–; convertida, cada vez más, en caricatura de sí misma. En pasmo de Europa. Y ahora pónganse la mano en el corazón, mírense a los ojos y consideren si, en un país donde, tras emitir en la radio un anuncio con semejante finura conceptual, se espera que la gente normal compre entusiasmada el producto –y no me cabe duda de que lo compran–, sus ciudadanos pueden ir por el mundo con la cabeza alta. En cualquier caso, díganme si una sociedad capaz de dar por supuesto, como lo más corriente, que todo el personal de una empresa, desde la secretaria hasta el conserje, conoce, airea y comparte las dificultades intestinales de su director, presidente, monarca o puta que los parió –nos parió– a todos, no merece, además de café Cofiflux Barriguitas, o como diablos se llame, un intenso tratamiento con napalm.

viernes

Edith Stein y su Filosofía

En la obra “Ser finito y Ser Eterno”, E. Stein nos induce a presuponer que el concepto de verdad es la convergencia sintética del Aristotelismo, Tomismo y de la Fenomenología: la verdad es el Ser mismo que se abre espacio, que se revela, que se manifiesta, que se descubre, a la inteligencia humana.



En la obra “Ser finito y Ser Eterno”, E. Stein nos induce a presuponer que el concepto de verdad es la convergencia sintética del Aristotelismo, Tomismo y de la Fenomenología: la verdad es el Ser mismo que se abre espacio, que se revela, que se manifiesta, que se descubre, a la inteligencia humana.

La estructura de este trabajo monográfico está planteado en cuatro capítulos, descritos de la siguiente manera:

  • En un primer capítulo, el planteamiento del problema, el cual se resume en la descripción del camino de la Verdad que se propone Edith Stein, para una Filosofía Cristina, en su obra Ser finito y Ser Eterno.

  • El segundo capítulo, hace referencia al contexto histórico de la autora, su biografía; sus influencias filosóficas y religiosas; y sus aportes y características.

  • El sentido de una Filosofía Cristiana, basada en la pregunta: ¿qué es la Verdad? Buscadora de la Verdad. Relación entre Filosofía y mística; son los temas que planteo en este tercer capítulo.

  • En el cuarto capítulo planteo la propuesta de Edith Stein para el hombre de hoy, que por su experiencia de vida contrapone dialécticamente en estos seis puntos: el racionalismo, el pragmatismo, la degradación de la vida interior, la fuerza de arrastre de la sociedad, la falta de esperanza, además, de la actitud de muchos frente a la Iglesia.
El presente trabajo trata de describir el camino hacia la búsqueda de la Verdad que propone Edith Stein, la cual es una filósofa mística del pasado siglo. Su pensamiento ha influido en el desarrollo de la filosofía propiamente dicho, pues si bien es cierto que desde su aparición habían surgido desde la antigüedad, innumerables pensadores que crearon escuelas, tendencias y corrientes de pensamientos y que hasta modificaron el rumbo de la historia con sus postulados filosóficos, no es menos cierto que en el campo del análisis gnoseológico, se concebía al mundo desde la relación sujeto-objeto; Edith Stein nos plantea una nueva relación entre fe y razón, entre Filosofía y Teología, es decir, la relación tomismo-aristotélico y fenomenología. El cual va a enfocar desde un círculo hermenéutico, donde se plantea la racionalización del filósofo frente al fenómeno y frente a la Verdad (del ser finito al Ser Eterno).

La gnoseología de Edith Stein, no se circunscribe al aspecto religioso solamente, sino que se proyecta a los campos de la antropología, la educación y la política.


“El que anda tras la verdad vive preferentemente en ese centro interior donde tiene lugar la actividad encantadora del entendimiento; si en serio trata de buscar la verdad (y no de acumular meros conocimientos aislados), tal vez se halla más cerca de Dios, que es la misma verdad”.


Edith Stein.

lunes

Emil Cioran el Antifilósofo

Hay lecturas filosóficas que reconfortan, que le reconcilian a uno con la humanidad. Hay otras, sin embargo, que te inquietan, que son capaces lanzar una sospecha de traición y angustia sobre la realidad que nos rodea. Estos libros se fijan en el lado menos amable de la vida, en su absurdo o en las situaciones que nos llevan a la desesperación. El desasosiego convertido prácticamente en categoría filosófica. A este segundo grupo pertenece el autor cuya lectura quisiera recomendar hoy: Emil Cioran. Sin duda, la palabra que mejor define su pensamiento es “pesimismo”. Se fija en sus obras en la amargura, la carencia de sentido, el dolor y la muerte. Su filosofía es antifilosofía de la misma forma que su propuesta vital encontraría en la negación de la vida su máxima expresión. Tomando como referencia a autores como Nietzsche y Schopenhauer, hizo de la contradicción una de las presencias permanentes en su obra. Y más de uno pensará: con estos precedentes, ¿qué motivos hay para leer a Cioran?

Pues los hay. Estos autores que suelen estar alejados del discurso habitual merecen nuestra atención entre otras cosas porque nos ayudan a cuestionarlo, nos enseñan las trampas y los agujeros de este discurso. Ciertamente, nos muestran un lado muy crudo y duro de la realidad, pero eso no significa que no exista. No sólo eso: me atrevería a decir que esta visión de la vida es más cercana a la realidad de muchos seres humanos. La alegría, la risa o la felicidad no son, nos guste o no, la tónica habitual y más extendida en el mundo de nuestros días. Sólo poniéndonos una venda en los ojos podríamos condenar al olvido a autores como Cioran, encerrándonos así en una especie de torre de marfil. No quisiera decir aquello de que el pesimista es el realista bien informado, pero sí que lo que cuenta Cioran existe y forma parte de nuestra vida de una forma constitutiva. Nuestros días pueden estar marcados, también, por el lamento, la angustia y la amargura. Cualquier periódico no es más que la expresión oficial e institucional del dolor humano.

Una de las ventajas de leer a Cioran es su renuncia a cualquier tipo de sistema. Cualquier recopilación de sus citas nos ofrece una idea de su huida de las etiquetas. Sus textos no son excecisamente largos: reniega de los conceptos y del rigor filosófico, y cada una de sus frases va cargada de una acidez vital manifiesta que encuentra en la ironía o el sarcasmo su mejor medio de expresión. Estamos ante textos directos, brutalmente humanos, que no esconden en ningún momento el mensaje bajo expresiones especializadas. La filosofía de Cioran está dirigida a “todos los públicos” siempre que se pueda soportar su lectura. Tomársele demsiado en serio puede resultar fatal, pero ignorar sus textos puede ser un descuido que nos lleve a vivir con orejeras, sin mirar hacia aquellos aspectos de la realidad, o de nuestra propia vida, que nos puedan parecer más repugnantes. En muchas de sus obras se desnuda la condición humana. Dice parte de lo que somos, independientemente de que nos guste o no. ¿Acaso no merece la pena leerlo, aunque sólo sea por la valentía de sus obras?

Los filósofos hoy ya no hablan.

Los filósofos hoy ya no hablan.

A los profesores de filosofía suele gustarles la práctica del lógos. La importancia del lenguaje y la palabra dentro del mundo del pensamiento es capital. Y por eso uno de los objetivos de nuestras asignaturas debería ser el suscitar el diálogo: que los que se inician en el mundo de las ideas hablen. Que nadie piense que esto es una especia de moda “democrática” impuesta por los tiempos. Muy al contrario: la filosofía tiene sus orígenes en la charla y el chismorreo. El intercambio de historias, mitos y vivencias provocó lo que se conoce como el paso del mito al lógos. Sólo unos siglos después, los sofistas y Sócrates harán filosofía de la palabra viva. No es casualidad que Platón escribiera diálogos: aunque en ellos se trate de establecer una tesis y de defender una teoría concreta, hay confrontación dialéctica, lucha de palabras. Los textos de Aristóteles son menos abiertos, pero estaban pensados también para ser discutidos, para debatir en torno a ellos disfrutando de un plácido y provechoso paseo filosófico. Y no son los únicos ejemplos: cartas, discursos, disputas públicas, textos para ser leidos y discutidos entre todos. Actividad filosófica que parece silenciada por el monólogo actual.

Algo ha ocurrido en la filosofía desde entonces. Los escolásticos leían los textos en alto y argumentaban alrededor de los mismos. En la modernidad, las cartas en las que se discutían asuntos filosóficos cruzaban media Europa. Sin embargo, el monólogo ha terminando imponiendo su ley. En la actualidad, tendemos a asimilar al filósofo con esa persona que escribe libros difícilmente inteligibles. La filosofía es hoy discurso unidireccional, afectado además por ciertos vicios académicos: los filósofos conocidos por el gran público imparten conferencias en las que ellos hablan durante una hora (más o menos) y en el mejor de los casos queda un pequeño espacio para un breve turno de preguntas y respuestas. La construcción dialogada de la filosofía ha dado paso al soliloquio de expertos, en el que los no iniciados tienen muy poco que decir. La distancia respecto a aquellos milesios que comenzaron a compartir experiencias o respecto a aquel Sócrates al que todos los filósofos veneran y aplauden no puede ser más grande. Por muy interesantes que resulten los contenidos filosóficos, la forma acaba con ellos: ¿Qué interacción cabe hoy con la filosofía, aparte de la lectura solitaria?

Esta aristocracia de la sabiduría es tremendamente perjudicial. No por un asunto de imagen. Se trata de algo mucho más profundo: afecta al ser de la filosofía misma y es uno de los obstáculos para su difusión. El encuentro vivo y con final abierto ha dejado paso a la conferencia ritual con ovación cerrada, en la que las propias trampas o puntos débiles del discurso no suelen aparecer. Predomina la clase magistral, bloqueada a las dudas o las intervenciones. ¿Es eso filosofía? En eso la vamos convirtiendo entre todos. Cuando en realidad debería ser un intercambio vivo, en el que el “yo” deje sitio al menos a la segunda persona o a la primera del plural. Los textos parecen disecados durante los cincuenta minutos de una clase y los libros de los autores auténticas biblias dogmáticas, ensayos que de tales no tienen más que el nombre: no son tentativas sino consumaciones del convencimiento de que se tiene algo muy importante que decir y que otras personas han de dedicar tiempo para leer. En las bocas de todos están Platón, Sócrates y Aristóteles, cuando nuestros procederes están tan alejados de los suyos. ¿Cuándo se ha publicado el último libro filosófico escrito en forma de diálogo? ¿Cuándo hemos podido asistir a alguna actividad filosófica en la que haya habido tiempo para cuestionar ideas y no sólo para “promocionarlas”? ¿Por qué ya no hablan los filósofos?.

sencillamente digo yo por que se han olvidado de entender al Ser en su escencia misma, se han quedado en las formulas y conceptos pero han olvidado la intuición.

viernes

Filósofo antifilosofía


Este autor se fija en el lado menos amable de la vida, en su absurdo o en las situaciones que nos llevan a la desesperación. El desasosiego convertido prácticamente en categoría filosófica. A este segundo grupo pertenece el E. Cioran cuya lectura quisiera recomendar hoy. Sin duda, la palabra que mejor define su pensamiento es “pesimismo”. Se fija en sus obras en la amargura, la carencia de sentido, el dolor y la muerte. Su filosofía es antifilosofía de la misma forma que su propuesta vital encontraría en la negación de la vida su máxima expresión. Tomando como referencia a autores como Nietzsche y Schopenhauer, hizo de la contradicción una de las presencias permanentes en su obra. Y más de uno pensará: con estos precedentes, ¿qué motivos hay para leer a Cioran?

Apología de Sócrates.


Introducción

¡Ciudadanos atenienses! Ignoro qué impresión habrán despertado en vosotros las palabras de mis acusadores. Han hablado de forma tan seductora que, al escucharlas, casi han conseguido deslumbrarme a mí mismo.

Sin embargo, quiero demostraros que no han dicho ninguna cosa que se ajuste a la realidad. Aunque de todas las falsedades que han urdido, hay una que me deja lleno de asombro: la que dice que tenéis que precaveros de mí y no dejaros embaucar, porque soy una persona muy hábil en el arte de hablar.

Y ni siquiera la vergüenza les ha hecho enrojecer ante la sospecha de que les voy a desenmascarar con hechos y no con unas simples palabras. A no ser que ellos consideren orador habilidoso al que sólo dice y se apoya en la verdad. Si es eso lo que quieren decir, gustosamente he de reconocer que soy orador, pero jamás en el sentido y en la manera usual entre ellos. Aunque vuelvo a insistir en que poco, por no decir nada, han dicho que sea verdad.
Y, ¡por Zeus!, que no les seguiré el juego compitiendo con frases redondeadas ni con bellos discursos bien estructurados, como es propio de los de su calaña, sino que voy a limitarme a decir llanamente lo primero que se me ocurra, sin rebuscar mis palabras, como si de una improvisación se tratara, porque estoy tan seguro de la verdad de lo que digo, que tengo bastante con decir lo justo, de la manera que sea. Por eso, que nadie de los aquí presentes espere de mí, hoy, otra cosa. Porque, además, a la edad que tengo sería ridículo que pretendiera presentarme ante vosotros con rebuscados parlamentos, propios más bien de los jovenzuelos con ilusas aspiraciones de medrar.

Tras este preámbulo, debo haceros, y muy en serio, una petición. Y es la de que no me exijáis que use en mi defensa un tono y estilo diferente del que uso en el ágora, curioseando las mesas de los cambistas o en cualquier sitio donde muchos de vosotros me habéis oído. Si estáis advertidos, después no alborotéis por ello.

Pues ésta es mi situación: hoy es la primera vez que en mi larga vida comparezco ante un tribunal de tanta categoría como éste. Así que -y lo digo sin rodeos- soy un extraño a los usos de hablar que aquí se estilan. Y si en realidad fuera uno de los tantos extranjeros que residen en Atenas, me consentiríais, e incluso excusaríais el que hablara con la expresión y acento propios de donde me hubiera criado.
Por eso, debo rogaros, aunque creo tener el derecho a exigirlo, que no os fijéis ni os importen mis maneras de hablar y de expresarme (que no dudo de que las habrá mejores y peores) y que, por el contrario, pongáis atención exclusivamente en si digo cosas justas o no. Pues, en esto, en el juzgar, consiste la misión del juez, y en el decir la verdad, la del orador.

Así, pues, lo correcto será que pase a defenderme.

En primer lugar, de las primeras acusaciones propaladas contra mí por mis antiguos acusadores; después pasaré a contestar las más recientes.


Todos sabéis que, tiempo ha, surgieron detractores míos que nunca dijeron nada cierto, y es a éstos a los que más temo, incluso más que al propio Anitos y a los de su comparsa, aunque también ésos sean de cuidado. Pero lo son más, atenienses, los que tomándoos a muchos de vosotros desde niños os persuadían y me acusaban mentirosamente diciendo que hay un tal Sócrates, sabio, que se ocupa de las cosas celestes, que investiga todo lo que hay bajo la tierra y que hace más fuerte el argumento más débil. Éstos, son, de entre mis acusadores, a los que más temo, por la mala fama que me han creado y porque los que les han oído están convencidos de que quienes investigan tales asuntos tampoco creían que existan dioses. Y habría de añadir que estos acusadores son muy numerosos y que me están acusando desde hace muchos años, con la agravante de que se dirigieron a vosotros cuando erais niños o adolescentes y, por ello, más fácilmente manipulables, iniciando un auténtico proceso contra mí, aprovechándose de que ni yo, ni nadie de los que hubieran podido defenderme, estaban presentes.

Y lo más desconcertante es que ni siquiera dieron la cara, por lo que es imposible conocer todos sus nombres, a excepción de cierto autor de comedias [1]. Ésos, pues, movidos por envidias y jugando sucio, trataron de convenceros para, que una vez convencidos, fuerais persuadiendo a otros. Son, indiscutiblemente, difíciles de desenmascarar, pues ni siquiera es posible hacerles subir a este estrado para que den la cara y puedan ser interrogados, por lo que me veo obligado, como vulgarmente se dice, a batirme contra las sombras y a refutar sus argumentos sin que nadie me replique.

Convenid, pues, conmigo, que dos son los tipos de acusadores con los que debo enfrentarme: unos, los más antiguos, y otros, los que me han acusado recientemente. Por ello, permitidme que empiece por desembarazarme primero de los más antiguos, pues fueron sus acusaciones las que llegaron antes a vuestro conocimiento y durante mucho más tiempo que las recientes.

Aclarado esto, es preciso que pase a iniciar mi defensa para intentar extirpar de vuestras mentes esa difamación que durante tanto tiempo os han alimentado, y debo hacerlo en tan poco tiempo como se me ha concedido. Esto es lo que pretendo con mi defensa, confiado en que redunde en beneficio mío y en el vuestro, pero no se me escapa la dificultad de la tarea. Sin embargo, que la causa tome los derroteros que sean gratos a los dioses. Lo mío es obedecer a la ley y abogar por mi causa.

Remontémonos, pues, desde el principio para ver qué acusación dio origen a esta mala fama de que gozo y que ha dado pie a Meletos para iniciar este proceso contra mí.

Imaginémonos que se tratara de una acusación formal y pública y oímos recitarla delante del tribunal: "Sócrates es culpable porque se mete donde no le importa, investigando en los cielos y bajo la tierra. Practica hacer fuerte el argumento más débil e induce a muchos otros para que actúen como él".

Algo parecido encontraréis en la comedia de Aristófanes, donde un tal Sócrates se pasea por la escena, vanagloriándose de que flotaba por los aires, soltando mil tonterías sobre asuntos de los que yo no entiendo ni poco ni nada. Y no digo eso con ánimo de menosprecio, no sea que entre los presentes haya algún aficionado hacia tales materias y lo aproveche Meletos para entablar nuevo proceso contra mí, por tan grave crimen.

La verdad es, oh, atenienses, que no tengo nada que ver con tales cuestiones. Y reto a la inmensa mayoría para que recordéis si en mis conversaciones me habéis oído discutir o examinar sobre tales asuntos; incluso, que os informéis los unos de los otros, entre todos los que me hayan oído alguna vez, y publiquéis vuestras averiguaciones. Y así podréis comprobar que el resto de las acusaciones que sobre mí se han propalado son de la misma calaña.

Referencia a los sofistas

Pero nada de cierto hay en todo esto, ni tampoco si os han contado que yo soy de los que intentan educar a las gentes y que cobran por ello; también puedo probar que esto no es verdad. Y no es que no encuentre hermoso el que alguien sepa dar lecciones a los otros, si lo hacen como Gorgias de Leontinos o Pródicos de Ceos o Hipias de Hélide, que van de ciudad en ciudad, fascinando a la mayoría de los jóvenes y a muchos otros ciudadanos, que podrían escoger libremente y gratis la compañía de muchos otros ciudadanos y que, sin embargo, prefieren abandonarles para escogerles a ellos para recibir sus lecciones, por las que deben pagar y, aun más, quedarles agradecidos.

Y me han contado que corre por ahí uno de esos sabios, natural de Paros, que precisamente ahora está en nuestra ciudad. Coincidió que me encontré con el hombre que más dinero se ha gastado con estos sofistas, incluso mucho más él solo que todos los demás juntos.

A éste - que tiene dos hijos, como sabéis - le pregunté:

-Calias, si en lugar de estar preocupado por dos hijos, lo estuvieras por el amaestramiento de dos potrillos o dos novillos, nos sería fácil, mediante un jornal, encontrar un buen cuidador: éste debería hacerlos aptos y hermosos, según posibilitara su naturaleza, y seguro que escogerías al más experto conocedor de caballos o a un buen labrador. Pero, puesto que son hombres, ¿a quién has pensado confiarlos? ¿Quién es el experto en educación de las aptitudes propias del hombre y del ciudadano? Pues me supongo que lo tienes todo bien estudiado, por amor de esos dos hijos que tienes. ¿Hay alguien preparado para tal menester?

- Claro que lo hay - respondió.

- ¿Quién?, ¿y de dónde?, ¿y cuánto cobra? -le acosé.

- ¡Oh, Sócrates! Se llama Evenos, es de Paros y cobra cinco minas.

Y me pareció que este tal Evenos puede sentirse feliz, si de verdad posee este arte y enseña de forma tan convincente. Pues si yo poseyera este don, me satisfaría y orgullosamente lo proclamaría. Pero, en realidad, no entiendo nada sobre eso.

Acaso ante eso alguno de vosotros me interpele: "Pero entonces, Sócrates, ¿cuál es tu auténtica profesión? ¿De dónde han surgido estas habladurías sobre ti? Porque si no te dedicaras a nada que se salga de lo corriente, sin meterte en lo que no te concierne, no se habría originado esta pésima reputación y tan contradictorias versiones sobre tu conducta. Explícate de una vez, para que no tengamos que darnos nuestra propia versión".

Esto sí me parece razonable y sensato, y por ser cuerdo, voy a contestarlo, para dejar bien claro de dónde han surgido esas imposturas que me han hecho acreedor de una notoriedad tan molesta.

Escuchadlo. Quizá alguno se crea que me lo tomo a guasa; sin embargo, estad seguros de que sólo os voy a decir la verdad. Yo he alcanzado este popular renombre por una cierta clase de sabiduría que poseo. ¿De qué sabiduría se trata? Ciertamente, de una sabiduría propia de los humanos. Y en ella es posible que yo sea sabio, mientras que, por el contrario, aquellos a los que acabo de aludir quizá también sean sabios, pero en relación a una sabiduría que quizá sea extrahumana, o no sé con qué nombre calificarla. Hablo así porque yo, desde luego, ésa no la poseo ni sé nada de ella, y el que propale lo contrario o miente o lo dice para denigrarme.


sábado

Pistis


¿Qué es “fe”?

por John Schoenheit

Bíblicamente, fe es confianza, certidumbre, convicción. Sin embargo, la definición bíblica de fe difiere de su definición moderna. Antes de analizar la diferencia, veamos por qué decimos que bíblicamente la fe es confianza, certidumbre, convicción.

El Nuevo Testamento fue escrito en griego, no en español, y el sustantivo griego “pistis” es traducido “fe” en muchas traducciones de la Biblia. Por ejemplo:

  • “...si tenéis fe [pistis] como un grano de mostaza...”. (Mateo 17:20, RV)
  • “Tened fe [pistis] en Dios”. (Marcos 11:22, RV)
  • “Porque andamos por fe [pistis], no por vista” (2 Corintios 5:7, RV)

La definición de pistis como confianza, certidumbre, convicción, puede ser verificada en cualquier buen léxico griego (“léxico” es una palabra que utilizan los académicos en reemplazo de “diccionario”). Por ejemplo, Friberg´s Analytical Greek Lexicon (Léxico analítico griego de Friberg) dice: “Certidumbre, fe, confianza, seguridad”. El léxico de Vine dice: “Firme persuasión”, y el léxico de Bullinger dice lo mismo. El léxico de Thayer dice: “Convicción de la veracidad de alguna cosa”.

Cuando la gente del primer siglo leía las cartas de Pablo, por ejemplo, no decían: “¿Qué es pistis?”, como si Pablo hubiese inventado una palabra nueva. Pistis era una palabra de uso común en la lengua griega, y lo había sido por siglos. Aparece en los escritos de los griegos como Aristóteles, Platón, Herodoto, etc. La primera definición de pistis en el Liddel and Scott Greek Lexicon (Léxico griego de Liddel y Scott), vendido en las bibliotecas universitarias a estudiantes de griego antiguo, es: “Confiar en otros”. Es por eso que decimos que pistis significa “confianza”.

Cuando el Nuevo Testamento griego fue traducido al latín, fides fue la elección natural para traducir pistis, porque fides significa “confianza, certidumbre, seguridad, creencia”. La Biblia fue leída en latín por cientos de años. Al evolucionar la lengua española (así como la lengua inglesa), se tomó la palabra fe (en inglés faith) de la palabra latina fides. No debería haber nada misterioso acerca de las palabras pistis, fides o fe. Sabemos qué significa confianza. El diccionario Merriam-Webster la define como: “Firme seguridad en el carácter, capacidad, fuerza o veracidad de alguien o algo”. Si ambos, pistis y fides significan “confianza”, ¿cómo es que “fe” llegó a ser definida, en nuestra cultura, como “firme creencia en algo de lo que no se tiene prueba”? (Merriam-Webster´s Collegiate Dictionary, 11th edition - Diccionario colegiado Merriam-Webster, 11ª edición). Para comprender esto, debemos recordar que una definición de diccionario es sólo un registro de cómo las personas están utilizando actualmente la palabra en su habla y en su escritura. Es por esto que las definiciones de diccionario cambian a medida que pasa el tiempo.

Lo que sucedió para que la definición de fe como “confianza” pasara a ser “firme creencia en algo de lo que no se tiene prueba” fue: (1) la gente comenzó a usar “fe” como “creencia en algo de lo que no se tiene prueba”; (2) este uso fue puesto en el diccionario como definición de fe; (3) la gente que no sabía qué era fe buscaba en el diccionario, encontraba la definición y la utilizaba de ese modo. Este proceso continuó con el tiempo hasta que actualmente casi todos piensan que “fe” es “creencia en algo de lo que no se tiene prueba”. De hecho, esa definición de fe fue usada en la popular serie médica de televisión Dr. House en abril de 2006.

Lamentablemente, hoy en día podemos decir con seguridad que la mayoría de la gente no sabe que la definición bíblica de fe es “confianza”, y además no tienen el conocimiento ni las herramientas para investigar por sí mismos esta definición. Estar convencidos de que la Biblia nos pide que creamos en cosas de las que no se tienen pruebas trae graves consecuencias. Los creyentes se confunden en cuanto a la fe sin saber qué es o cómo obtenerla y crecer en ella. Los incrédulos, pensando que la Biblia le pide a la gente que crea en cosas sin que haya pruebas, dicen que es un libro irracional e ilógico y lo rechazan, para su propia condena.

¿Cómo logró penetrar la cultura cristiana la idea de que fe es “creer en algo de lo cual no hay pruebas”? El proceso histórico es largo y tedioso pero el concepto es simple. La Iglesia pedía a las personas que confiaran en doctrinas que ni eran lógicas ni estaban claramente respaldadas por la Escritura. Por ejemplo: la doctrina de que la “hostia” (pan) y el vino utilizados en la misa católica romana se transforman en el cuerpo y la sangre de Cristo no es lógica (por ejemplo: el pan sigue teniendo gusto a pan y el vino sigue teniendo gusto a vino, y no a carne y a sangre), y tampoco es respaldada por una sólida exégesis escritural. Los sacerdotes saben esto, y por eso le piden a la gente que lo “acepten por fe”.

Ruego que comprendan que no hay nada de malo en “aceptarlo por fe (confianza)” si en realidad hay algo (como una promesa) en qué confiar. Cuando Jesús le dijo al hombre ciego que si se lavaba en el estanque de Siloé sería sanado, el ciego tuvo fe en, confió en, Jesús y su promesa, se lavó y recibió la vista milagrosamente. Sin embargo, si no hay nada en qué confiar y no hay nada “confiable” en qué creer, pedirle a la gente que lo “acepte por fe” es erróneo, y contribuye a malinterpretar a Dios y a la Biblia.

Nadie puede forzar la confianza. Se desarrolla con el tiempo. Todos experimentamos esto cuando un nuevo obrero viene a nuestra casa para reparar algo o cuando tenemos que llevar el auto a un nuevo mecánico. Desesperadamente queremos confiar en que la persona sea competente y honesta, pero eso sólo viene con el tiempo. Si él dice “confíe en mí”, esto generalmente sólo empeora las cosas. Si, por otro lado, él hace el trabajo cuando dice que lo hará y hace un buen trabajo, cobra lo que dijo que cobraría y parece ser honesto y equitativo, nuestra fe (confianza) en él crece. La fe bíblica funciona de la misma manera; no es mágica, irrazonable o ilógica, “es simplemente confianza”.

lunes

Verán en ti, lo que tu dejes que vean

No eres responsable de la cara que tienes, eres responsable de la cara que pones.

Se dice que hace tiempo, en un pequeno y lejano pueblo, habia una casa abandonada. Cierto dia, un perrito buscando refugio del sol, logro meterse por un agujero de una de las puertas de dicha casa. El perrito subio lentamente las viejas escaleras de madera. Al terminar de subir las escaleras se topo con una puerta semi abierta; lentamente se adentro en el cuarto. Para su sorpresa, se dio cuenta que dentro de ese cuarto habian 1000 perritos observandolo tan fijamente como el los observaba a ellos. El perrito comenzo a mover la cola y a levantar sus orejas poco a poco. Los 1000 perritos hicieron lo mismo; posteriormente sonrio y le ladro alegremente a uno de ellos; el perrito se quedo sorprendido al ver que los 1000 perritos tambien le sonreian y ladraban alegremente con el..

Cuando el perrito salio del cuarto se quedo pensando para si mismo:

¡ Que lugar tan agradable! ¡Voy a venir mas seguido a visitarlo!

Tiempo despues, otro perrito callejero entro al mismo sitio

Se encontro entrando al mismo cuarto. Pero a diferencia del primero, este perrito al ver a los otros 1000 perritos del cuarto se sintio amenazado ya que lo estaban viendo de una manera agresiva. Posteriormente empezo a grunir; obviamente vio como los 1000 perritos le grunían a el. Comenzo a ladrarles ferozmente y los otros 1000 perritos le ladraron tambien a el

Cuando este perrito salió del cuarto pensó: "¡Qué lugar tan horrible es éste! ¡Nunca más volveré a entrar allí!"

En el frente de dicha casa se encontraba un viejo letrero que decía:

"La casa de los 1000 espejos"...

"Todos los rostros del mundo son espejos"…Decide cuál rostro mostrarás y lo llevarás por dentro..

Las cosas más bellas del mundo no se ven ni se tocan, tan solo se sienten en el corazón.

"Asi que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, asi tambien haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas". Mateo 7:12 (Palabras de Jesucristo)

domingo

141 entidades piden a Rubalcaba que retire la circular policial sobre las redadas masivas a inmigrantes
España

rubalcabaUn total de 141 asociaciones sociales y de defensa de los inmigrantes ha presentado hoy una queja pública al Ministerio del Interior y al Defensor del Pueblo contra la última circular policial sobre extranjería, a la que acusan de promover "ilegalmente" detenciones preventivas a inmigrantes.

Las asociaciones se han unido ahora en protesta por la circular 1/2010 del 25 de enero, de la Comisaría General de Extranjería y Fronteras, "que evidencia la práctica policial de la conducción a comisaría de inmigrantes que, a pesar de estar debidamente documentados, no acreditan su estancia regular en España". "Esta práctica es absolutamente ilegal. La Policía no tiene habilitación para privar de libertad en estas circunstancias, pudiendo incurrir en un delito de detención ilegal", señalaron.

sábado

Pesimistas y Optimistas


Hecho curioso, paradoja cruel. Nunca como hoy el mundo ha manifestado tantos deseos de gozar, y nunca como hoy se había visto un dolor colectivo mayor. Al hambre natural de gozo, propia de todo hombre, ha venido a sumarse la serie de descubrimientos que ofrecen hacer de esta vida un paraíso: la radio que alegra las horas de soledad; el cine que armoniza fantásticamente la belleza humana, el encanto del paisaje, las dulzuras de la música en argumentos dramáticos, que toman a todo el hombre; el avión que le permite estar en pocas horas en Buenos Aires; en Nueva York, en Londres o en Roma... la cordillera que ve invadida su soledad por miles de turistas que saborean un placer nuevo: el vértigo del peligro; la prensa que penetra por todas las puertas aún las más cerradas por el estímulo de la curiosidad, por la sugestión del gráfico y de la fotografía. Fiestas, Excursiones, Casinos, Regatas, todo para gozar... Y sin embargo, hecho curioso, el mundo está más triste hoy que nunca; ha sido necesario inventar técnicas médicas para curar la tristeza. Frente a esta angustia contemporánea muchas soluciones se piensan a diario:

Algunas soluciones son del tipo de la evasión. En su grado mínimo es huir a pensar; atontarse... Para eso sirve maravillosamente la radio, el auto, el cine, el casino, … Se está, no me atrevería a decir ocupado, pero sí, haciendo algo que nos permita escapar de nosotros mismos, huir de nuestros problemas, no ver las dificultades. Es la eterna política del avestruz. Los turistas que vienen a estas lindas playas ¿qué hacen aquí en el verano sino eso? Playa, baño, baño de sol, aperitivo, almuerzo, juego, terraza, cine, casino, hasta que se cierran los ojos para seguir así, no digo gozando, sino "atontándose". Esta política de la evasión lleva a algunos más lejos, a la morfina, al "opio" que se está introduciendo, al trago, demasiado introducido, e incluso al suicidio… Nunca me olvidaré de uno que me tocó presenciar en Valparaíso.

Otros, más pensadores, no siguen el camino de la "evasión", sino que afrontan el problema filosóficamente y llegan a doctrinas que son la sistematización del pesimismo.

Para ambos grupos el fondo, confesado o no, es que la vida es triste, un gran dolor, y termina con un gran fracaso: la muerte. Y sin embargo, la vida no es triste sino alegre, el mundo no es un desierto, sino un jardín; nacemos, no para sufrir, sino para gozar; el fin de esta vida no es morir sino vivir. ¿Cuál es la filosofía que nos enseña esta doctrina? ¡¡El Cristianismo!!

Pero para quien sabe que su vida no viene de la nada, sino de Dios, el cambio es total. Yo soy la obra de las manos de Dios. Él es el responsable de mi vida. Y yo sé que Dios es Belleza, toda la belleza del universo arranca de Él, como de su fuente. Las flores, los campos, los cielos, son bellos, porque como decía San Juan de la Cruz pasó por estos sotos, sus gracias derramando, y vestidos los dejó de su hermosura.

El cristiano no pasa por el mundo con los ojos cerrados, sino con los ojos muy abiertos, y en la naturaleza, en la música, y en el arte todo... goza, se deleita, ensancha su espíritu porque sabe que todo eso es una huella de Dios, que todo eso es bello, que esas flores no se marchitan... porque su belleza más completa y cabal la va a encontrar en el mismo Dios.

"Dios es amor", dice San Juan al definirlo, y nosotros nos hemos confiado al amor de Dios (1Jn 4,8.16). Todo lo que el amor tiene de bello, de tierno: entre padre e hijo, esposo y esposa, amigo y amiga, todo eso lo encontraremos en Él, pues es amigo, esposo, más aún, Padre. Estamos tan acostumbrados a esta revelación de la paternidad divina que no nos extraña. Dios, Señor, sí, pero ¿Padre? ¿Padre de verdad? Y de verdad, tan verdad es padre: "Para que nos llamemos y seamos hijos de Dios" (1Jn 3,1). Cuando oréis... ¡Mi Padre y Padre vuestro! Padre que provee el vestido, el alimento, Padre que nos recibe con sus brazos abiertos cuando hemos fallado a nuestra naturaleza de hijos y pecamos. Si tomamos esta idea profundamente en serio, ¿cómo no ser optimistas en la vida?

Ni la muerte misma enturbia la alegría profunda del cristiano. Los antiguos, ¡cómo la temían! ¡La gran derrota! En cambio, para el cristiano no es la derrota, sino la victoria: el momento de ver a Dios. Esta vida se nos ha dado para buscar a Dios, la muerte para hallarlo, la eternidad para poseerlo. Llega el momento en que, después del camino, se llega al término. El hijo encuentra a su Padre y se echa en sus brazos, brazos que son de amor, y por eso, para nunca cerrarlos, los dejó clavados en su cruz; entra en su costado que, para significar su amor, quedó abierto por la lanza manando de él sangre que redime y agua que purifica (Jn 19, 34).

Si el viaje nos parece pesado, pensemos en el término que está quizás muy cerca. En nuestro viaje de Santiago a Viña, estamos quizás llegando a Quilpué... Y al pensar que el tiempo que queda es corto, apresuremos el paso, hagamos el bien con mayor brío, hagamos partícipes de nuestra alegría a nuestros hermanos, porque el término está cerca. Se acabará la ocasión de sufrir por Cristo, aprovechemos las últimas gotas de amargura y tomémoslas con amor.

Y así, contentos, siempre contentos. La Iglesia y los hogares cristianos, deben ser centros de alegría. Los cristianos siempre alegres, que el santo triste es un triste santo. Jaculatorias que broten del fondo del alma, contento, Señor, contento. Y para estarlo, decirle a Dios siempre: "Sí, Padre".

El que hace la voluntad de Dios ama a Dios, y aquél que ama a Dios pondrá en Él su morada, y brotará en el fondo de su alma una fuente de aguas vivas, de paz y de gozo, que brotan hasta la vida eterna.

Cristo es la fuente de nuestra alegría. En la medida que vivamos en Él viviremos felices.

viernes

Más de....


Reverte y yo


Vigo. O sea, Galicia. España. Estado moderno –dicho sea lo de Estado con las cautelas oportunas–. Democracia constitucional con supuestos derechos y libertades de cada cual. En mi casa mando yo, resumiendo. Y mi amigo Manolo, que es un ingenuo y se lo cree, necesita cubrir un puesto de auditor. Es una oferta seria y bien remunerada. Así que publica un anuncio en la prensa local: «Se necesita auditor para empresa solvente». Y empieza el circo.

La cosa se encarna en inspectora de Trabajo y Asuntos Sociales, con todas sus letras. Hola, buenas, dice la pava. ¿Cómo es que solicitan ustedes un auditor, y no un auditor o una auditora? Mi amigo, que es hombre culto, conoce las normas de la Real Academia en particular y de la lengua española en general, y no trinca de la corrección política ni de la gilipollez pública, como otros, argumenta que auditor es masculino genérico, y que su uso con carácter neutro engloba el masculino y el femenino desde Cervantes a Vargas Llosa, más o menos. No añade, porque es chico educado y tampoco quiere broncas, que no es asunto suyo, ni de su empresa, que una pandilla de feminazis oportunistas, crecidas por el silencio de los borregos, la ignorancia nacional y la complicidad de una clase política prevaricadora y analfabeta, necesite justificar su negocio de subvenciones e influencias elevando la estupidez a la categoría de norma, y violentando a su conveniencia la lógica natural de un idioma que, aparte de ellas, hablan cuatrocientos millones de personas en todo el mundo. Olvidando, de paso, que la norma no se impone por decreto, sino que son el uso y la sabiduría de la propia lengua hablada y escrita los que crean esa norma; y que las academias, diccionarios, gramáticas y ortografías se limitan a registrar el hecho lingüístico, a fijarlo y a limpiarlo para su común conocimiento y mayor eficacia. Porque no es que, como afirman algunos tontos, las academias sean lentas y vayan detrás de la lengua de la calle. Es que su misión es precisamente ésa: ir detrás, recogiendo la ropa tirada por el suelo, haciendo inventario de ésta y ordenando los armarios.

Pero volvamos a Vigo. A los pocos días de la visita de la inspectora mentada, Manolo recibe un oficio, o diligencia, donde «se requiere a la empresa la subsanación de las ofertas vigentes y la realización de las futuras o bien en términos neutros, o bien referida simultáneamente a trabajadores de ambos sexos». Dicho en corto –aparte la ausencia de coma tras futuras y la falta de concordancia de referida–: o en el futuro pide auditor o auditora, con tres palabras en vez de una, en anuncios que se cobran precisamente por palabras, o deberá atenerse a las consecuencias. Y a mi amigo, claro, se lo llevan los diablos. «O es un chantaje feminista más –se lamenta–, o mi anuncio despista de verdad, y algunas mujeres ignorantes o estúpidas creen que no pueden optar a ese puesto de trabajo. Lo que sería aún más grave. Si lo que tanta idiotez de género ha conseguido es que, al final, una mujer crea que ofrecer un trabajo de auditor es sólo para hombres y no para ella, todo esto es una puñetera mierda.» Etcétera.

El caso es que, resuelto a defender su derecho de anunciarse en correcto castellano, Manolo se pone en contacto con los servicios jurídicos del Ministerio de Igualdad, donde una abogada razonable, competente y muy amable –lo hago constar para los efectos oportunos–, le dice que, con la ley de Igualdad en la mano, la inspectora de Vigo «puede haber creído detectar» discriminación en el anuncio, y que la empresa se expone a una sanción futura si no rectifica. «¿Entonces, la legalidad o ilegalidad de mi anuncio depende de la opinión particular de cualquier funcionario que lo lea, por encima de la Real Academia Española?», pregunta Manolo. «Más o menos», responde la abogada. «¿Y qué pasaría si yo recurriese legalmente, respaldado por informes periciales de lingüistas o académicos?», insiste mi amigo. «Pasaría –es la respuesta– que tal vez ganase usted. Pero eso dependería del juez.»

Es inútil añadir que, ante la perspectiva de un procedimiento judicial de incierto resultado, que iba a costarle más que las dos palabras suplementarias del anuncio, Manolo ha cedido al chantaje, y lo de auditor a secas se lo ha comido con patatas. «Auditor, auditora y auditoro con miembros y miembras», creo que pone ahora. Con mayúsculas. Tampoco está el patio para defensas numantinas. Esto es España, líder de Europa y pasmo de Occidente: el continuo disparate donde la razón vive indefensa y cualquier imbecilidad tiene su asiento. Como dice el pobre Manolo, «lo mismo voy a juicio, colega, me toca una juez feminista y encima me jode vivo». Intento consolarlo diciéndole que peor habría sido, en vez de auditor, necesitar otra cosa. Un albañil, por ejemplo. O albañila.

jueves

Arturo Peréz-Reverte


Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros.
Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este Gobierno. Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex ministros –aquí matizaré ministros y ministras– de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera. No quiero que acabe el mes sin mentaros –el tuteo es deliberado– a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía. De vosotros, torpes irresponsables, que extirpasteis de las aulas el latín, el griego, la Historia, la Literatura, la Geografía, el análisis inteligente, la capacidad de leer y por tanto de comprender el mundo, ciencias incluidas. De quienes, por incompetencia y desvergüenza, sois culpables de que España figure entre los países más incultos de Europa, nuestros jóvenes carezcan de comprensión lectora, los colegios privados se distancien cada vez más de los públicos en calidad de enseñanza, y los alumnos estén por debajo de la media en todas las materias evaluadas.

Pero lo peor no es eso. Lo que me hace hervir la sangre
es vuestra arrogante impunidad, vuestra ausencia de autocrítica y vuestra cateta contumacia. Aquí, como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. Hace menos de un mes, al publicarse los desoladores datos del informe Pisa 2006, a los meapilas del Pepé les faltó tiempo para echar la culpa de todo a la Logse de Maravall y Solana –que, es cierto, deberían ser ahorcados tras un juicio de Nuremberg cultural–, pasando por alto que durante dos legislaturas, o sea, ocho años de posterior gobierno, el amigo Ansar y sus secuaces se estuvieron tocando literalmente la flor en materia de Educación, destrozando la enseñanza pública en beneficio de la privada y permitiendo, a cambio de pasteleo electoral, que cada cacique de pueblo hiciera su negocio en diecisiete sistemas educativos distintos, ajenos unos a otros, con efectos devastadores en el País Vasco y Cataluña. Y en cuanto al Pesoe que ahora nos conduce a la Arcadia feliz, ahí están las reacciones oficiales, con una consejera de Educación de la Junta de Andalucía, por ejemplo, que tras veinte años de gobierno ininterrumpido en su feudo, donde la cultura roza el subdesarrollo, tiene la desfachatez de cargarle el muerto al «retraso histórico». O una ministra de Educación, la señora Cabrera, capaz de afirmar impávida que los datos están fuera de contexto, que los alumnos españoles funcionan de maravilla, que «el sistema educativo español no sólo lo hace bien, sino que lo hace muy bien» y que éste no ha fracasado porque «es capaz de responder a los retos que tiene la sociedad», entre ellos el de que «los jóvenes tienen su propio lenguaje: el chat y el sms». Con dos cojones.

Pero lo mejor ha sido lo tuyo, presidente –recuérdame
que te lo comente la próxima vez que vayas a hacerte una foto a la Real Academia Española–. Deslumbrante, lo juro, eso de que «lo que más determina la educación de cada generación es la educación de sus padres», aunque tampoco estuvo mal lo de «hemos tenido muchas generaciones en España con un bajo rendimiento educativo, fruto del país que tenemos». Dicho de otro modo, lumbrera: que después de dos mil años de Hispania grecorromana, de Quintiliano a Miguel Delibes pasando por Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín o Machado, la gente buena, la culta, la preparada, la que por fin va a sacar a España del hoyo, vendrá en los próximos años, al fin, gracias a futuros padres felizmente formados por tus ministros y ministras, tus Loes, tus educaciones para la ciudadanía, tu género y génera, tus pedagogos cantamañanas, tu falta de autoridad en las aulas, tu igualitarismo escolar en la mediocridad y falta de incentivo al esfuerzo, tus universitarios apáticos y tus alumnos de cuatro suspensos y tira p’alante. Pues la culpa de que ahora la cosa ande chunga, la causa de tanto disparate, descoordinación, confusión y agrafía, no la tenéis los políticos culturalmente planos. Niet. La tiene el bajo rendimiento educativo de Ortega y Gasset, Unamuno, Cajal, Menéndez Pidal, Manuel Seco, Julián Marías o Gregorio Salvador, o el de la gente que estudió bajo el franquismo: Juan Marsé, Muñoz Molina, Carmen Iglesias, José Manuel Sánchez Ron, Ignacio Bosque, Margarita Salas, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, Francisco Rico y algunos otros analfabetos, padres o no, entre los que generacionalmente me incluyo.

Qué miedo me dais algunos, rediós. En serio.
Cuánto más peligro tiene un imbécil que un malvado.